El formaldehído está presente en numerosos objetos cotidianos y materiales de construcción. Sirve como conservante en medicamentos, cosméticos, artículos de aseo y algunos recipientes para alimentos. Lo encontramos en las resinas que sirven para pegar los paneles de madera laminada y los paneles de aglomerado. Se utiliza como disolvente portador en el tinte y los productos de papel. Procede igualmente de la combustión, en particular, en los motores diesel. El aislamiento con espuma de urea-formol lo prohibió en Estados Unidos la Consumer Product Safety Commission en 1982, aunque la prohibición se retiró más adelante.
En los edificios nuevos o recientemente renovados, los niveles de formaldehído en los muebles y los adornos pueden ser lo suficientemente elevados como para provocar signos de irritación. Una buena ventilación asegura el mantenimiento de los vapores de formaldehído en un nivel que no produce síntomas.
El formaldehído en suspensión irrita la conjuntiva y las vías respiratorias superiores e inferiores. Los síntomas son temporales y, según la intensidad y la duración de la exposición, pueden ir desde sensaciones de ardor o picor en ojos, nariz y garganta hasta la opresión torácica o pitidos. Las reacciones graves y agudas frente a los vapores de formaldehído (al olor agrio característico) pueden guardar relación con la hipersensibilidad. Se estima que del 10 al 20% de la población de Estados Unidos, incluidos los asmáticos, tienen vías respiratorias hiperreactivas que los hacen más sensibles a los efectos del formaldehído.


